Esperanza en mitad de la indignación

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Artículo de opinión de Concha Andreu en Diario La Rioja (29/04/2018)

Soy madre de una hija de 15 años, hermana de dos fantásticas mujeres, compañera de trabajo de mujeres decididas, resistentes, orgullosas y me siento en la obligación, que nadie me impone, de defenderlas.

Si estoy aquí, ocupando un cargo institucional es por el convencimiento, que me sale desde dentro, de defender lo justo y de pelear contra todo lo injusto que veo alrededor.

Hoy, mi hija de 15 años, adolescente, antes de entrar al instituto me ha dicho, «mamá: pero, ¿por qué no les han condenado a más años?, ¿qué diferencia hay entre ‘eso’ de abuso y violación?».

No me quedaba mucho tiempo para intentar explicarle lo que ni yo misma comprendo, pero antes de que sonara el timbre que los recoge en las aulas, he oído como decía… «pues vaya mierda».

Estoy convencida de que la educación está haciendo que la igualdad de sexos sea una realidad, y de que las diferencias entre hombre y mujer, solo se midan desde el punto de vista físico o químico, pero no intelectual ni de competencia alguna, sea cual sea. Por eso, esta sentencia no ayuda a igualar nada de nada en nuestra vida diaria.

Porque esta sentencia mala no ayuda en nada a que las mujeres confiemos en que a lo largo de nuestra vida no vayamos a tener que ir evitando, esquivando, superando obstáculos, que no nos corresponden, escollos que ya no existen, pero que esta sociedad todavía machista en algunos aspectos no termina de dejar morir para siempre.

Mi indignación por una sentencia mala para la sociedad, mujeres y hombres, es tan profunda, como lo es mi ánimo para seguir en la lucha feminista. Lucha que nos permita a las mujeres de 15 años, de 50, de 18 y de 32, hacer aquello que nos apetezca y cuando queramos.

Nadie debiera decirnos cómo debemos reaccionar ante una agresión, menos aún para que otros vengan a juzgar si existe intimidación o violencia. Y, por si fuera poco, que no puedan juzgarnos, además, por habernos defendido o no lo suficiente.

Esta sentencia reconoce el miedo, la incapacidad de reacción de la víctima y la imposibilidad de tomar decisiones conscientes sobre lo que estaba ocurriendo. La sentencia describe una violación, pero, entonces ¿por qué el fallo es sobre un abuso? Solo puede achacarse a una falta de valor y, lo que es peor, a una falta de valores.

Y es esta falta de valor y de valores, percibida con nitidez por la ciudadanía, lo que el pasado jueves llenó de indignación las calles de todo el país. Porque las mujeres no queremos tener miedo. Porque las mujeres no queremos creer que, si no nos defendemos con la «suficiente contundencia», no seremos creídas.

La calle está viva y la lucha feminista la hizo suya el pasado 8 de marzo. El jueves supimos que aquello no fue una anécdota, sino el despertar de una conciencia ciudadana que quiere una sociedad mejor y más justa.

El fallo (nunca mejor dicho) supone un varapalo para quienes hemos realizado un inmenso trabajo jurídico y político de conceptualización de la violencia machista como una parte importantísima e irrenunciable de la protección de las mujeres en la democracia. El fallo dice que aquí no la habido.

Pues bien, voy a seguir sumando desde el feminismo y desde el socialismo para seguir construyendo y para poner las piezas que faltan para que esta sociedad sea realmente igual para todas y todos. El Partido Socialista siempre ha estado y siempre estará del lado de las mujeres y frente a cualquier forma de violencia contra ellas. Somos la izquierda comprometida con la igualdad. Somos la izquierda responsable, la que lleva años dando la batalla a favor de la igualdad y para erradicar el machismo de nuestra sociedad. Porque solo existiendo todavía machismo pueden tener lugar sentencias como esta.

Ante situaciones como ésta, personalmente siempre decido encontrar la esperanza en mitad de la indignación. Decido poder explicar a mi hija que la fuerza de la sociedad que ayer de nuevo salió a la calle para clamar por una sociedad más justa será la fuerza que haga posible que, más pronto que tarde, vivamos en una sociedad en la que no tengamos que ser testigos de una justicia injusta con las mujeres.